Que el talento es un «don» que parecemos admirar e incluso envidiar sanamente, no cabe ninguna duda. Ahora bien ¿es suficiente con ello? La eterna pregunta. Un actor o una actriz, ¿nacen o se hacen? Misma cuestión vale para todos los artistas, por supuesto, y aquí intento responder tan sólo a una parte de esa sinuosa pregunta.

LA MAGIA NO EXISTE SI NO SE CONSTRUYE

Indudablemente, ser un artista implica pensar como un artista. ¿Y ello como se define? Bueno, es un tema también de amplia discusión que no se puede resolver en una entrada de blog. Pero, si me piden una síntesis, podría decir que ser un artista implica una decisión respecto del modo de vivir y actuar. Uno debe tomar al arte como lo que es, una profesión y como tal, la misma tiene momentos dulces y momentos amargos, ribetes de enorme incomodidad y situaciones de esplendor. Pensar como un artista implica cuestionar al mundo, elegir caminos menos transitados y también de los otros, saber que se es una persona común y corriente que, al mismo tiempo, esconde una mirada extraordinaria sobre las cosas. Por ello, cuando se tiene un talento innato para la actuación es como cuando se tiene un bonito cuerpo: de nada sirve si no lo trabajamos en el gimnasio y con una dieta adecuada; terminaremos sufriendo toda clase de dolencias en él puesto que sólo con lo que natura nos da, no es suficiente.

 

EL TRABAJO DEL ACTOR SOBRE SÍ MISMO

Antonin Artaud solía decir que los actores son «atletas de las emociones». Jacques Lecoq construyó su escuela y todo su programa formativo en base a los descubrimientos sensorio-emocionales que le producía el atletismo. No es posible ser un actor o una actriz si no se entrena el instrumento emocional que somos: percepción, mente, cuerpo y voz que nos permitan estar en la escena (teatro, cine, televisión) El instrumento sin afinar o con sus cuerdas rotas no sirve de nada o sirve de poco. Es necesario, entonces, mantenerlo en buen estado y con el trabajo físico y artístico siempre al día. No sólo como lo hacen los atletas con su estructura óseo-muscular en forma sino también con su universo perceptivo y cultural en permanente conexión. ¿Quién decía aquello de que «el artista es el hombre más culto de su tiempo»? No lo recuerdo, pero prometo averiguarlo. Mientras tanto, los dejo con la inquietud: tener carisma y un físico sugerente es interesante pero no alcanza. Sí señores, para ser un intérprete hay que trabajar: y mucho.