EL TRABAJO DEL ACTOR SOBRE SÍ MISMO

Un origen técnico y una forma estética

El realismo desarrollado por Constantin Stanislavsky en Rusia a inicios del siglo XX fue, sin dudas, el gran quiebre de la realidad teatral en el mundo antes ya iniciado con las experiencias del duque de Meiningen. Ahora bien, el tan celebrado «sistema» que dió formalmente nacimiento a lo que conocemos como realismo tuvo sus ecos y su afirmación en el mundo occidental con las búsquedas de Lee Strasberg que terminaron por crear su también famoso Método y que quedó cuajado en el mítico Actor’s Studio de Nueva York.

Muchos de los actores y actrices que hoy tenemos como referentes en el cine (padre de la televisión que nos ha acercado la ficción de modo masivo) se han formado bajo este Método, cultor del realismo a ultranza y- podríamos decir- técnica de actuación cuasi excluyente de las pantallas. ¿Por qué? La cámara y el actor, en el set de filmación son prácticamente, un mismo cuerpo: la cercanía y el registro minucioso de la cámara de cine ó tevé produce una percepción del gesto, la acción y las miradas que estamos acostumbrados a reconocer como «reales» y lejos de la impostación que el teatro exige por su misma naturaleza técnica y estética.

  

Cámara y actor, un mismo cuerpo

La cámara tiene la capacidad del ojo humano de enfocarse en determinados detalles y sectores de la escena que está viendo. No obstante, el ojo humano no puede hacer zoom independientemente del cuerpo todo: para lograr tal efecto en el teatro, el espectadore debería levantarse de su butaca y «pegarse» al rostro ó cuerpo del actor para contemplar detalles. La cámara hace ese trabajo al registrar con diferentes distancias un detalle que, narrativamente, le interesa contar. Luego, en el proceso de edición, leeremos el conjunto de la acción como si no hubiera habido cortes.

Lo que solemos desconocer es que en un set de televisión ó cine, las cámaras cortan la acción, la repiten muchas veces hasta lograr la toma correcta y que la misma escena puede repetirse hasta diez ó más veces a fin de que la cámara pueda tomarla desde diez ángulos diferentes para crear el ritmo y la tensión necesarios. Por otra parte, si en medio de la escena un actor toma en sus manos un objeto importante para la acción, la cámara deberá filmar sólo esa acción aunque en simultáneo los actores estén sosteniendo una discusión fuerte ó un diálogo de otra naturaleza. Nuestro ojo y nuestro cerebro lee todo ello como una continuidad. Ante la presencia intimidante de la cámara que lo sigue en cada detalle de su acción dramática, el intérprete debe poner toda su técnica, energía y análisis de su personaje en ese instante de registro que puede durar segundos pero que en el conjunto de la escena está narrando una decisión fundamental para su destino.

  

Acción y verosimilitud

Ubicado el espectador de teatro en un lugar fijo y sin posibilidades de acercarse a los actores (el respeto al área de veda) esa intimidad con el detalle no puede producirse. Al existir una distancia física entre intérprete y espectador, por mínima que ésta sea, la actuación del actor de teatro siempre conllevará un grado de impostación que le reste naturalismo. Por otra parte, siendo el realismo una estética prácticamente sin uso en la puesta en escena moderna y debiendo el actor revalorizar el espacio del escenario, su gesto y su acción ganan en una grandilocuencia que suele restar aquello qeu llamamos verosimilitud; sin embargo, no debemos confundirnos: lo que es verosímil en cine no lo es en teatro y viceversa. Por ello solemos confundir algunas valoraciones de cada arte sin tener en cuenta que para cada lenguaje hay una «realidad» que le es propia y no debe mezclarse con la otra.